LA BIBLIA EXPLICADA

22 marzo, 2010

LA CORRUPCION EN EL SENO DE LA JUSTICIA

Filed under: Sin categoría — eingel1 @ 22:43

Daniel
(13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62)

En aquel tiempo vivía
en Babilonia un hombre llamado Joaquín, casado con Susana, hija de
Quelcías, mujer muy bella y temerosa de Dios.

Sus padres eran
virtuosos y habían educado a su hija según la ley de Moisés.

Joaquín era muy
rico y tenía una huerta contigua a su casa, donde solían reunirse los judíos,
porque era estimado por todos.


Aquel año habían sido designados jueces
dos ancianos del pueblo; eran de aquellos de quienes había dicho el Señor: “En
Babilonia, la iniquidad salió de ancianos elegidos como jueces, que pasaban por
guías del pueblo”.


Estos frecuentaban la casa de Joaquín y los que tenían
litigios que resolver acudían ahí a ellos.


Hacia el mediodía, cuando
toda la gente se había retirado ya, Susana entraba a pasear en la huerta de su
marido.


Los dos viejos la veían entrar y pasearse diariamente, y se
encendieron de pasión por ella, pervirtieron su corazón y cerraron sus ojos
para no ver al cielo ni acordarse de lo que es justo.


Un día, mientras
acechaban el momento oportuno, salió ella, como de ordinario, con dos muchachas
de su servicio, y como hacía calor, quiso bañarse en la huerta. No había
nadie allí, fuera de los viejos, que la espiaban escondidos.


Susana dijo
a las doncellas: “Tráiganme jabón y perfumes, y cierren las puertas de la huerta
mientras me baño”.


Apenas salieron las muchachas, se levantaron los dos
viejos, corrieron hacia donde estaba Susana y le dijeron: “Mira: las puertas de
la huerta están cerradas y nadie nos ve. Nosotros ardemos en deseos de ti.
Consiente y entrégate a nosotros. Si no, te vamos a acusar de que un
joven estaba contigo y que por eso despachaste a las doncellas”.


Susana
lanzó un gemido y dijo:

“No tengo ninguna salida; si me entrego a ustedes,
será la muerte para mí; si resisto, no escaparé de sus manos. Pero es mejor para
mí ser víctima de sus calumnias, que pecar contra el Señor”.


Y dicho
esto, Susana comenzó a gritar. Los dos viejos se pusieron a gritar también y uno
de ellos corrió a abrir la puerta del jardín.


Al oír los gritos en el
jardín, los criados se precipitaron por la puerta lateral para ver qué sucedía.


Cuando oyeron el relato de los viejos, quedaron consternados,
porque jamás se había dicho de Susana cosa semejante.


Al día siguiente,
todo el pueblo se reunió en la casa de Joaquín, esposo de Susana, y
también fueron los dos viejos, llenos de malvadas intenciones contra ella, para
hacer que la condenaran a morir.


En presencia del pueblo dijeron: “Vayan
a buscar a Susana, hija de Quelcías y mujer de Joaquín”.


Fueron por
Susana, quien acudió con sus padres, sus hijos y todos sus
parientes.


Todos los suyos y cuantos la conocían, estaban llorando. Se
levantaron entonces los dos viejos en medio de la asamblea y pusieron sus manos
sobre la cabeza de Susana. Ella, llorando, levantó los ojos al cielo, porque su
corazón confiaba en el Señor.


Los viejos dijeron: “Mientras nosotros nos
paseábamos solos por la huerta, entró ésta con dos criadas, luego les dijo que
salieran y cerró la puerta. Entonces se acercó un joven que estaba escondido y
se acostó con ella.


Nosotros estábamos en un extremo de la huerta, y al
ver aquella infamia, corrimos hacia ellos y los sorprendimos abrazados. Pero no
pudimos sujetar al joven, porque era más fuerte que nosotros; abrió la puerta y
se nos escapó. 


Entonces detuvimos a ésta y le preguntamos quién era
el joven, pero se negó a decirlo. Nosotros somos testigos de todo esto”.


La asamblea creyó a los ancianos, que habían calumniado a Susana, y
la condenaron a muerte.


Entonces Susana, dando fuertes voces, exclamó:
“Dios eterno, que conoces los secretos y lo sabes todo antes de que suceda, tú
sabes que éstos me han levantado un falso testimonio. Y voy a morir sin haber
hecho nada de lo que su maldad ha tramado contra mí”.


El Señor escuchó su
voz.


Cuando llevaban a Susana al sitio de la ejecución, el Señor hizo
sentir a un muchacho, llamado Daniel, un santo impulso de ponerse a gritar:


“Yo no soy responsable de la sangre de esta mujer”. 

Todo el
pueblo se volvió a mirarlo y le preguntaron: “¿Qué es lo que estás
diciendo?” 


Entonces Daniel, de pie en medio de ellos, les
respondió: 


“Israelitas, ¿cómo pueden ser tan ciegos? Han condenado a
muerte a una hija de Israel, sin haber investigado y puesto en claro la verdad.
Vuelvan al tribunal, porque ésos le han levantado un falso
testimonio”.


Todo el pueblo regresó de prisa y los ancianos dijeron
a Daniel: “Ven a sentarte en medio de nosotros y dinos lo que piensas, puesto
que Dios mismo te ha dado la madurez de un anciano”.


Daniel les
dijo entonces: “Separen a los acusadores, lejos el uno del otro, y yo los voy a
interrogar”.


Una vez separados, Daniel mandó llamar a uno de ellos y le
dijo: “Viejo en años y en crímenes, ahora van a quedar al descubierto tus
pecados anteriores, cuando injustamente condenabas a los inocentes y absolvías a
los culpables, contra el mandamiento del Señor:


No matarás al que
es justo e inocente.


Ahora bien, si es cierto que los viste, dime debajo
de qué árbol estaban juntos”.


El respondió: “Debajo de una acacia”.
Daniel le dijo: “Muy bien. Tu mentira te va a costar la vida, pues ya el
ángel ha recibido de Dios tu sentencia y te va a partir por la
mitad”.


Daniel les dijo que se lo llevaran, mandó traer al otro y le
dijo: “Raza de Canaán y no de Judá, la belleza te sedujo y la pasión te
pervirtió el corazón. Lo mismo hacían ustedes con las mujeres de Israel, y
ellas, por miedo, se entregaban a ustedes.


Pero una mujer de Judá no ha
podido soportar la maldad de ustedes.


Ahora dime, ¿bajo qué árbol los
sorprendiste abrazados?” El contestó: “Debajo de una encina”. Replicó Daniel:


“También a ti tu mentira te costará la vida. El ángel del Señor aguarda
ya con la espada en la mano, para partirte por la mitad. Así acabará con
ustedes”.


Entonces toda la asamblea levantó la voz y bendijo a Dios, que
salva a los que esperan en él.
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